Atardecía. Ella quería cualquier cosa menos asistir a aquel compromiso, sabía que podían suceder cosas no muy agradables en aquel lugar.
Camino a su casa, meditó y decidió ir y enfrentar su destino. Antes de llegar y entrar decidió fumarse un porro y tomarse una cerveza para aguantar la presión que tendría que soportar allá adentro.
Se alejó y buscó un lugar solitario, donde fuera imposible encontrarse con alguien. Cuál sería su sorpresa al entrar a ese oscuro y solitario bar, al verlo a él, ahí, sentado, también huyendo de aquel evento plagado de hipocresía y porquería.
Aun teniendo lugares y personas en común, entre ellos había un acuerdo tácito en que lo mejor era que se alejaran, hacer lo posible para no relacionarse. Por un momento ella flaqueó y quiso acercarse, pero dio un suspiro y siguió su camino hacia la barra. Sentía miradas desde aquella mesa donde estaba él, sin embargo evitó mirar hacia allá.
De repente volteó a mirar, no sentía su presencia y decidió ir al baño. Peor fue la sorpresa, cuando al estar entrando, él iba saliendo. Este nuevo encuentro hizo que se vieran obligados a saludarse, a enfrentar su mirada.
- Qué hubo – dijo él.
Ella sintió un vacío, un vértigo cómo el que se siente al asomarse desde un piso alto.
- Qué hubo. ¿Huyendo? – Contestó.
- Sí.
- Ah! Como ve yo también. Debo entrar al baño, con permiso.
- Bueno, siga. Hablamos pues.
Al salir, se dirigió de nuevo a la barra. No, no era capaz de ir hacia donde estaba él. No podía volver a desestabilizarse.
Sonaba de fondo “What do you want for me” de Mónaco. La cerveza avanzaba y se acercaba la hora de dirigirse al indeseable evento, cuando sintió que alguien se sentaba junto a ella. Era él, quien la miraba fijamente:
- Perdón – dijo.
Ella no sabía cómo reaccionar, no sabía qué decir.
- Perdóneme – continúo – Me porté mal, nunca quise hacerle daño, pero créame, siento que me dolió más a mí que a usted el haberme ido de su lado, me fui sin decir adiós, huí cobardemente porque tenía miedo, miedo de este enorme sentimiento que tengo por usted, pero al verla acá, huyendo como yo, de esa multitud de payasos hipócritas, hace que me dé cuenta de la falta que me ha hecho durante todo este tiempo, la hice llorar, le hice daño a la persona más importante…
Hubo silencio. Ella no podía levantar la mirada, estaba a punto de llorar, si decía algo, seguramente rompería en un llanto. Él continuó:
- No vayamos. Quédese conmigo, acompáñeme por favor.
Ella sacó fuerzas y pudo decir:
- Sí, me quedo con usted pero por favor, vamos a caminar, necesito tomar aire.
Ahora sonaba “Hold me now” de los Thomson Twins. En silencio esperaron a que terminara esta canción y sin decir nada, se pusieron sus chaquetas y salieron.
Caminaron durante mucho tiempo en silencio, silencio que se vio interrumpido por el llanto de ella:
- Sí, usted me hizo daño – comenzó a decir en medio del llanto. – Verlo acá, encontrarme con usted, revivió la herida, el recuerdo de soledad, el vacío que dejó cuando se fue. Nunca pensé en poder amar y querer entregarme a alguien como lo hice con usted. Hizo que perdiera la fe, me dejó sin suelo, me dejó a la deriva, me dejó sola, me jodió. El tiempo ha pasado, me acostumbré a su dolorosa ausencia y el verlo acá y escuchar sus palabras hace que esa mujer fría que creía en la que me había convertido se esfume y de nuevo me sienta desestabilizada, débil.
Él se detuvo, ella se detuvo, sus miradas de nuevo se encontraron. Él que se había quedado ahora sin palabras, sólo pudo acercarse y darle un beso que pareció durar una eternidad. Ya no necesitaron más palabras, continuaron caminando ahora con una botella de aguardiente en sus manos. Sabían a donde iban, a la casa de él.
Hicieron el amor como si fuera la primera vez, la pasión y el éxtasis no se hicieron esperar, eran el uno para el otro, sus cuerpos se fundieron, eran ahora uno solo, eran invencibles, eran reyes, tenían el mundo en sus manos.
Al despertar, ella creía que todo había sido un sueño, una mentira. No, el estaba ahí, junto a ella, la abrazaba y en su rostro se veía una sonrisa. Él despertó, la besó y de repente el pánico se apoderó de los dos.
- ¡No! Esto no puede ser, no puedo estar acá. Seguro se volverá a ir como lo hizo alguna vez – Dijo ella.
- No quiero volver a perderla – respondió él enseguida.
- Yo tampoco y lo sabe muy bien, sentir ese dolor profundo, sentir ese vacío de nuevo, mi espíritu y mi cuerpo no lo podrían resistir.
Silencio… Besos… Amor… Éxtasis… Locura… Poder…
Días después, los vecinos, alertados por el olor, los encontraron, desnudos, cogidos de la mano, muertos, habían decidido morir, ahí, en ese lecho para que ese amor perdurara por siempre.
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